El éxito turístico de Barcelona tropieza con la turismofobia de sus ciudadanos

Barcelona, Casa BattloFoto: Michele Ursino

La ciudad de Barcelona experimenta en los primeros años del siglo XXI un extraordinario saldo positivo en su cuenta de resultados turísticos. La ciudad es una referencia en su entorno mediterráneo como destino cultural, de cruceros y de compras. Barcelona tiene mucho que enseñar y no deja de sorprender a sus visitantes.

La ciudad ha acertado una y otra vez con sus estrategias para captar visitantes y para ampliar y diversificar su oferta turística. Su marketing es un espejo en el que se miran otras ciudades del mundo.

Sin embargo, este éxito tiene una versión menos amable y positiva. Sus vecinos hace mucho tiempo que se sienten incómodos por el extraordinario número de visitantes que se localizan en unos pocos lugares clave y que llegan en verdaderos aluviones. En algunas zonas concurridas, resulta molesto que se privilegie los intereses del turista por encima de los de los propios habitantes de la ciudad.

En Barcelona, este proceso se ha traducido en un efecto social no deseado. Se ha extendido lo que se ha dado en llamar la turismofobia de los barceloneses. Aversión a todo lo que esté relacionado con el turismo, que, para algunos, representa una amenaza seria a la identidad y a los valores ciudadanos por los que siempre se ha reconocido a la Ciudad Condal.

En Barcelona, comerciantes, empresarios, asociaciones de vecinos, la entidad portuaria y una mayoría silenciosa de la ciudadanía son conscientes del problema y de su trascendencia, para el que cada uno tiene sus propias recetas. La expresión con un reto asociado que más se repite sobre este tema es el de descongestionar de turistas las zonas que están ya muy saturadas de visitantes.

De hecho, Ada Colau, actual alcaldesa de Barcelona, recibió muchos apoyos porque se comprometió a buscar soluciones y a hacer compatible el uso turístico de las zonas urbanas con la vida cotidiana de los barceloneses. Cada mes de agosto los barceloneses se enfrentan a una colonización masiva de sus espacios de ocio y de tránsito que muchos consideran inaceptable.

Una de las primeras medidas del nuevo consistorio de Colau fue la paralización de nuevas concesiones para alojamientos turísticos. El primer objetivo es elaborar un plan rector que los regule y en último término llegar a un consenso mayoritario sobre el modelo de desarrollo turístico que desean los barceloneses para su ciudad.

El turismo masivo tiene un impacto notable en la ciudad, afecta al mercado de trabajo, al entorno medioambiental, a la cohesión social de los barrios o a la vivienda.

Menos turistas

Los analistas creen que con una reducción en el número de turistas en determinadas áreas no se puede llegar a ningún lado si no existe una brújula que defina lo señalado, qué tipo de turismo se desea para la ciudad. La alternativa de equilibrar las visitas turísticas con el acceso a zonas menos conocidas tampoco creen los expertos que sea realista, los turoperadores siempre estarán interesados en mostrar a sus clientes las obras de Gaudí y no otros valores del patrimonio local que no resultan relevantes para el visitante extranjero. Y es que Barcelona carece de polos de atracción secundarios que puedan competir con Las Ramblas, la Sagrada Familia o el Parc Güell. Todas las visitas a la ciudad se siguen concentrando en un área muy limitada, el Barrio Gótico y la Ciutat Vella y el Ensanche.

Una oferta de lugares alternativos, además, sólo tendría sentido y sería atractiva para los turistas que ya conocen Barcelona y que nada tienen que ver con los cruceristas que llegan a la Ciudad Condal o los que se alojan en hoteles y apartamentos de la Costa Brava o de la Costa Dorada y que sólo vienen a ver la ciudad para visitarla un único día.

El modelo de turismo definitivo que recomiendan los expertos del sector, matices arriba, matices abajo, ha de reunir tres características básicas: ser sostenible, ser de calidad y ser responsable. Todo, para dar un futuro al turismo en Barcelona y para hacerlo compatible con la vida cotidiana de su gente. Todo lo que se salga de ese trío de necesidades equilibradas será parte de la misma versión monopolar que tanto indigna y frustra a los barceloneses.